LA IMPERFECCIÓN DE LA TRADUCCIÓN

La traducción es una de las áreas, si no más apasionantes, al menos más curiosas que puede haber en el ámbito de las humanidades. Le hace un favor a las ciencias y a las letras transmitiendo de una cultura a otra lo que se ha comunicado en diferentes idiomas. En definitiva, con cada una de sus contribuciones, la traducción nos está haciendo la vida más fácil.

Esto ocurre más de lo que nos pensamos: la mayoría de las aplicaciones que utilizamos en nuestros teléfonos móviles están traducidas, las redes sociales están traducidas, gran parte de los libros y noticias que leemos también lo están, así como las instrucciones de uso, las etiquetas de la ropa y un larguísimo etcétera que no voy a seguir detallando porque creo que todo el mundo ya se ha hecho una idea.

No obstante, hay veces que a los traductores (o mejor aún, a ese primo que estudió en Inglaterra y que «se apaña» con el inglés) se les va la pinza y ocurren desastres como el siguiente:

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En efecto, no tiene ningún sentido. Cuando este tipo de cosas ocurre, lo más que podemos hacer es echarnos las manos a la cabeza y reírnos durante un rato hasta que se nos pase.

Pero lo que en verdad quiero transmitir en esta entrada es que, en numerosas ocasiones, se obvia la importancia de una traducción y no pensamos en las repercusiones que este tipo de trabajo puede tener. Evidentemente, todos somos humanos y todos podemos cometer errores (y de hecho, lo hacemos). Incluso me atrevería a decir que es imposible realizar una traducción perfecta, a no ser que se trate de algo muy sencillo y básico.

Pero al traductor a veces se le escapan matices. Pequeños motivos culturales, léxicos, gramaticales o del tipo que sean se pierden sin que nos demos cuenta. En ocasiones, estamos limitados por los plazos de entrega. En otras, simplemente pasa y no podemos hacer nada. Hace tiempo leí en Huffington Post que el detonante de la bomba atómica fue una mala traducción:

El 26 de julio de 1945, las potencias aliadas publicaron la declaración de Potsdam, un ultimátum a Japón donde exigían su rendición. De lo contrario, se enfrentarían a una “pronta y total destrucción”, decía la amenaza. Kantaro Suzuki, primer ministro japonés, convocó entonces una rueda de prensa para responder: “Sin comentarios. Seguimos pensándolo”. El problema es que Suzuki usó la palabra mokusatsu, que puede significar “sin comentarios” o “lo ignoramos y lo despreciamos”. Y eso fue lo que entendieron los aliados. Diez días después, Estados Unidos lanzó las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki.

Este ejemplo es mucho más serio que el que he presentado al principio del texto. Sin embargo, en estos casos tampoco podemos hacer absolutamente nada. El error es inherente al ser humano y estoy seguro de que si no se hubiese cometido tal error la bomba atómica habría sido lanzada igualmente. El meollo del asunto es que la traducción es una de las profesiones que más tomas de decisiones conlleva y cada toma de decisión determina un futuro camino lleno de otras decisiones que nos presentan un abanico de opciones y fulminan de un plumazo otras tantas sin ni siquiera darnos cuenta.

Es inevitable que la traducción sea tan imperfecta como la vida. Estoy seguro de que el resto de profesiones también lo son. El factor humano siempre es más poderoso que el factor profesional porque detrás de cada trabajador se esconde una persona.

Ahora bien, ¿creéis que llegará un punto en el que todo esto deje de pasar? Está claro que con el auge de la traducción automática y la posedición cada vez se van a solventar más errores de este tipo. Sin embargo, no son métodos que funcionen a la perfección y siempre hay detrás un profesional que debe dar su visto bueno y que incluso cambia aquellas cosas que la máquina no ha indicado con toda la precisión necesaria. Hace unos años habría dicho sin dudar que una máquina jamás podría sustituir a una persona pero, vista la evolución que este tipo de programas han tenido en un tiempo irrisorio, nadie oirá de mí tales palabras a día de hoy.

Entonces, ¿qué ocurrirá? ¿La traducción pasará a ser algo perfecto o siempre habrá detrás un humano para dar su toque imperfecto? Es más, ya que tanto he hablado de decisiones a lo largo de este texto, el mismo hecho de encargar una traducción a una persona para que lo trabaje de forma tradicional o a un profesional que utilice estas nuevas técnicas constituye también una decisión en sí misma. Y eso sigue teniendo un punto de imperfección, ¿no?

En cualquier caso, lo único que sabemos es que la historia está llena de traducciones imperfectas, algunas maravillosas y otras con algún que otro tropiezo. Pero al final todas ellas nos han hecho llegar hasta donde estamos en la actualidad, nos han hecho aprender e incluso algunas nos han dejado anécdotas tan curiosas como esta sobre Moisés, que también aparece en el mencionado artículo de Huffington Post:

El patrón de los traductores, San Jerónimo, es también culpable de uno de los errores más sonados y reproducidos a lo largo de la historia. A él se debe que durante muchos siglos las esculturas y pinturas representaran a Moisés con cuernos. El santo, que tradujo la Biblia del hebreo y el griego al latín (la Vulgata, el texto oficial de la iglesia católica entre 382 y 1979) confundió ‘karan’ (radiante, en hebreo) por ‘keren’ (cornudo), dado que el hebreo no emplea vocales.

Dicho todo esto, espero que hayáis disfrutado de una de las entradas más aleatorias y curiosas que he publicado hasta ahora en mi blog. Espero que disfrutéis de la imperfección de vuestros trabajos en el día a día, pero que esto no sea una excusa para dar lo mejor.

Recurso:

Marina Velasco, “Errores de traducción que marcaron la historia”, Huffington Post, 28 de agosto de 2018: https://www.huffingtonpost.es/2018/08/28/errores-de-traduccion-que-marcaron-la-historia_a_23511014/

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