LA TRADUCCIÓN DE OBRAS CLÁSICAS

La literatura siempre ha estado presente en nuestras vidas. Desde nuestra más tierna infancia hasta el punto actual en el que se encuentran nuestras vidas. Recuerdo bien cuando en el colegio y en el instituto nos obligaban a leer clásicos porque eran de vital importancia para aprender a reflexionar y porque simplemente se decía que «era cultura» y por eso había que leerlos.

No fue hasta que empecé la universidad cuando me di cuenta del valor que tienen los clásicos. Shakespeare, Petrarca, Flaubert, Cervantes y muchos otros han dejado una impronta de la que es difícil deshacerse. Imposible diría yo, pues lo que un día dejaron por escrito con su puño y letra, ahora se sigue traduciendo. Y diréis, ¿cuál es la idea de volver a traducir algo que ya se ha traducido?

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Voy a empezar por lo más «feo», pero también obvio: el dinero. Los clásicos son obras de dominio público y constituyen, además, un tipo de literatura que, según Antonio Guzmán Guerra (p. 87), el lector español (sobre todo el culto) tiende a leer: «son textos que la gente lee, y sólo porque existe mercado están algunas empresas dispuestas a fomentar colecciones de literatura clásica». Esto quiere decir que, si estos textos se leen, es porque el interés por las humanidades está vivo y en constante renovación. Un poco después, Guzmán indica lo siguiente:

Para una pequeña editorial es difícil encontrar una voz nueva y de calidad. Hace poco un librero me comentaba que los españoles se venden mal, sólo son rentables los conocidos. Por ello se tiende hacia los clásicos, porque no tienes que explicar quiénes son Flaubert o Maupassant.

Como veis, en el fondo es tan solo una cuestión de marketing para las editoriales, que tampoco pasan por alto que al público siempre le parece más interesante y exótico lo que viene de fuera, como si en nuestro país no se produjera suficiente literatura de calidad. Aún así, no podemos evitar añadir que «el escritor extranjero no suena tan antiguo porque las traducciones lo han modernizado. El lector ve más lejano a Galdós que a Dickens» (Luis de la Peña para El País).

La constante traducción de clásicos se inscribe en el marco de la dicotomía entre lo moderno y lo pasado de moda. En el mismo artículo de El País, diversos traductores (Carmen Francí, Ismael Attrache y Mª Teresa Gallego) coinciden en que «las traducciones, a diferencia de los originales, envejecen».

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En este sentido, hay que tener en cuenta varias cosas. Por un lado, la existencia de traducciones previas son muy útiles para el traductor, que puede consultar no solo recursos ajenos a la obra, sino también puede ayudarse de dichas traducciones en ciertas ocasiones (por ejemplo, en momentos de dudas debido a una ambigüedad). No obstante, el traductor tiene que confiar en su buen hacer por encima de todo, ya que el hecho de consultar una traducción anterior, no quiere decir que esta esté exenta de errores.

Por otro lado, toda nueva traducción implica una adaptación (aunque sea mínima) al nuevo público al que va destinada. Por mucho que un traductor intente mantener ciertos rasgos arcaizantes que nos lleven a la época en la que la obra en cuestión fue escrita, debe pretenderse también que llegue con facilidad a un nuevo público que pueda entender al autor y la realidad del momento en que se escribió el texto. Además, muchas veces, ese arcaísmo no es tanto la representación exacta de las maneras de hablar de una época, sino una manera imaginaria de sonar antiguo para el público actual, como si estuviéramos viendo una película ambientada en el imperio romano.

Las traducciones de clásicos no solo nos hablan del pasado y de su contexto sociocultural. También transmiten información del momento presente. Así, por ejemplo, hace años era muy frecuente encontrarse títulos incompletos debido a la censura. Si había ciertas ideas con las que no se estaba de acuerdo, se obviaban. Por este motivo, volver a traducir una obra clásica en algunas ocasiones nos da la oportunidad de leerlas en su totalidad por primera vez. Evidentemente, en los tiempos de censura nadie se planteaba la fidelidad al original, sino que primaba el destinatario por encima del autor y, sobre todo, la ideología de quien autorizaba la obra.

Hoy en día, por lo general se intenta respetar todo lo posible el texto primigenio, lo que nos da pistas sobre el tipo de sociedad en el que nos estamos convirtiendo; por mucho que ahora critiquemos todo lo que tenemos delante a través de las redes sociales, lo criticamos en su estado puro. Si algo nos gusta, nos gusta en su totalidad y, si algo nos repele, nos repele en su totalidad. De este modo, no se adultera la visión de la obra clásica (que por otro lado, tampoco es obligatorio que coincida con la del autor; es más, como cualquier persona, ha podido ir cambiando su percepción del universo).

En resumidas cuentas, ¿cómo no se van a seguir traduciendo los clásicos si a nivel comercial funcionan y son obras que han marcado un antes y un después? El lector siente la curiosidad de saber porqué todos conectan con las ideas de un determinado autor y el traductor no hace otra cosa que facilitarle la tarea.

Bibliografía

Antonio Guzmán Guerra, “Traducciones de los clásicos. ¿Por qué? ¿Cómo se hacen? ¿Hay algo que decir?”, Hieronymus (núm. 8).

Virginia Collera, “Modernos e inmortales”, El País (edición en línea), 17 de marzo de 2012: https://elpais.com/cultura/2012/03/14/actualidad/1331728381_653166.html

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